El cáncer no solo impacta el cuerpo. En Ecuador, miles de pacientes enfrentan la enfermedad sin atención psicológica adecuada, una brecha silenciosa que agrava el sufrimiento y compromete los resultados del tratamiento.
En el país, el cáncer se mantiene entre las principales causas de enfermedad y muerte. De acuerdo con el Observatorio Mundial del Cáncer (GLOBOCAN/IARC), los tipos más frecuentes en hombres son el cáncer de próstata (24,9 %) y el de estómago (11,2 %); en mujeres, el de mama (23,0 %) y el cervicouterino (10,5 %). En ambos sexos, el cáncer colorrectal ocupa el tercer lugar, con alrededor del 8 % de los casos. Estas cifras confirman una carga sanitaria sostenida, en un contexto donde persisten brechas en acceso a diagnóstico oportuno, tratamientos y programas de tamizaje.
A este escenario se suma un problema menos visible pero igualmente crítico: la salud mental. La Organización Mundial de la Salud (OMS) advierte que cerca del 30 % de las personas en tratamiento oncológico presenta trastornos de salud mental, principalmente ansiedad y depresión. Estudios internacionales recopilados por la OMS y el Instituto Nacional del Cáncer de Estados Unidos (NCI) muestran que las tasas de depresión en personas con cáncer pueden ser hasta tres veces más altas que en la población general, con mayor riesgo en adolescentes y adultos jóvenes.
El diagnóstico de cáncer suele desencadenar miedo, angustia persistente, depresión e incluso trastorno de estrés postraumático. Sin embargo, identificar estos cuadros no siempre es sencillo. Fatiga, insomnio o pérdida de apetito, síntomas comunes del cáncer y de sus tratamientos, pueden ocultar señales de sufrimiento psicológico, retrasando la intervención especializada.
Especialistas en psicooncología coinciden en que esta omisión tiene consecuencias directas. “El abordaje psicológico no es un complemento opcional, es una parte esencial del tratamiento oncológico, porque influye en la adherencia terapéutica y en la capacidad del paciente para afrontar la enfermedad”, señala Paula Hidalgo, Directora de la Escuela de Psicología. Otra advertencia recurrente es que “cuando la salud mental no se atiende, aumentan el abandono del tratamiento y el consumo de sustancias, y se deteriora la calidad de vida”.
La evidencia respalda estas afirmaciones. Revisiones sistemáticas citadas por la OMS indican que la atención psicológica oportuna puede reducir síntomas físicos y emocionales, mejorar el bienestar general e incluso asociarse con mejores tasas de supervivencia. Aun así, en Ecuador la atención en salud mental no suele integrarse de forma estructural a los servicios oncológicos, quedando relegada a iniciativas aisladas o al acceso privado.
El mensaje es claro y respaldado por la evidencia: combatir el cáncer exige mirar más allá del tumor. Incorporar la salud mental como eje del tratamiento no es solo una cuestión de bienestar emocional, sino una decisión sanitaria con impacto real en la vida y la supervivencia de las personas. Ignorarla es perpetuar una deuda que el sistema de salud ya no puede seguir postergando.



