En medio de la sobreoferta global de libros, el país enfrenta una paradoja: más acceso, pero menos lectura sostenida.
Según datos de la UNESCO, cada año se publican alrededor de 2,2 millones de nuevos títulos en el mundo. En Ecuador, la Encuesta de Hábitos Lectores, Prácticas y Consumos Culturales (2021) reporta un 91,4% de alfabetización y que el 76,7% de la población afirma leer a diario. Sin embargo, el dato que encendió las alertas es otro: el promedio nacional es de apenas 1,5 libros completos leídos por persona al año.
La brecha entre acceso y profundidad lectora plantea un desafío estructural. Especialistas coinciden en que el problema no radica únicamente en la capacidad de leer, sino en la consolidación del hábito como práctica cultural sostenida. La lectura académica, obligatoria en el sistema educativo, no necesariamente se traduce en una relación voluntaria con los libros.
En respuesta a este escenario, en 2024 se implementó la Política Nacional de Fomento a la Lectura, la Oralidad y Acceso al Libro. Durante su ejecución, el Ministerio de Educación, Deporte y Cultura ha destinado cerca de dos millones de dólares a iniciativas como ferias del libro, movilidad para autores y fortalecimiento de librerías y bibliotecas comunitarias. Además, se han habilitado 14 ludobibliotecas en distintos puntos del país, espacios que integran lectura, juego y aprendizaje.
A nivel institucional, algunos resultados empiezan a evidenciar cambios. En la Biblioteca Carlos Larreátegui Mendieta de la UDLA, por ejemplo, el uso del Fondo de Fomento a la Lectura muestra un crecimiento significativo. En 2022 se registraron apenas 68 préstamos de una colección de 2.613 libros. Tras la implementación de nuevas estrategias, la colección superó los 3.000 volúmenes y los préstamos aumentaron a 1.331 en 2023, 2.531 en 2024 y 2.528 en 2025.
Para expertos en gestión cultural, estos datos reflejan que el acceso sí impacta en el comportamiento lector cuando se acompaña de mediación adecuada. “La lectura no se impone, se construye desde la experiencia y la cercanía. Cuando el libro deja de ser un objeto distante, el lector aparece”, menciona Jorge Izquierdo, decano de la Escuela de Humanidades de la UDLA.
El debate, sin embargo, va más allá del formato tradicional. Plataformas digitales, audiolibros y redes sociales han diversificado las formas de consumo. “Hoy leer no es solo pasar páginas; también implica escuchar, interactuar y descubrir contenidos en múltiples formatos”, añade Izquierdo.
Esta transformación plantea una pregunta de fondo: ¿estamos leyendo menos o simplemente leyendo diferente? La evidencia sugiere que el ecosistema narrativo sigue activo, aunque fragmentado. Las historias circulan por nuevos canales y alcanzan públicos diversos, incluso aquellos alejados del libro físico. En ese contexto, el reto no es resistirse al cambio, sino comprenderlo. Desde las bibliotecas hasta las plataformas digitales, el objetivo sigue siendo el mismo: acercar a las personas a las historias.



