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Casi 483 toneladas de CO₂ almacenadas: inventario forestal urbano revela el potencial climático de un sendero ecológico en Quito

En medio de la creciente presión por reducir emisiones y fortalecer acciones locales frente al cambio climático, un estudio técnico realizado en un entorno urbano aporta datos concretos sobre el papel de la vegetación en la captura de carbono.

Un inventario forestal desarrollado en el sendero ecológico UDLA Park y en la quebrada Jatunhuayco identificó cerca de 400 árboles que almacenan actualmente 482,96 toneladas de dióxido de carbono equivalente (CO₂e). La cifra cobra dimensión al compararla con parámetros internacionales: según la Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos (EPA, 2023), un vehículo liviano a gasolina emite en promedio 4,6 toneladas de CO₂ al año, lo que implica que el carbono almacenado en este ecosistema equivale aproximadamente a las emisiones anuales de 110 automóviles.

Este inventario consiste una línea base técnica para medir el almacenamiento de carbono en este espacio y proyectar su incremento a medida que los árboles continúen su crecimiento. Entre las especies que se identificaron están: cholán, chilca, tilo, arupo, acacia, pumamaqui, capulí, podocarpus, eugenia, guaba, cedro, jacarandá, ceibo, guayabo, arrayán, aguacate, limón y eucalipto, muchas de ellas nativas o adaptadas a la región andina.

La cuantificación de carbono en ecosistemas urbanos es una herramienta clave para la planificación ambiental y la formulación de estrategias de mitigación. Diversos estudios científicos han demostrado que los árboles capturan dióxido de carbono durante la fotosíntesis y lo almacenan en su biomasa; tronco, ramas, hojas y raíces durante décadas, siempre que se mantengan en buen estado de conservación.

“El inventario nos permite establecer una base técnica real del carbono almacenado en este ecosistema y proyectar su crecimiento futuro. A medida que los árboles incrementan su diámetro y biomasa, también aumenta su capacidad de captación de CO₂”, explicó Karen Pérez, jefa de Gestión Ambiental de la UDLA.

Además del almacenamiento de carbono, este tipo de áreas verdes cumple funciones adicionales: regulación térmica, control de erosión en laderas, conservación de biodiversidad y mejora de la calidad del aire. En zonas de quebrada, la cobertura vegetal también reduce el riesgo de deslizamientos y protege las fuentes hídricas.

“El dato de 482,96 toneladas no es solo una cifra ambiental; representa un potencial concreto para iniciativas de conservación, mitigación y eventualmente mecanismos de compensación de emisiones, siempre bajo criterios técnicos rigurosos”, añadió Pérez.

En un contexto en el que las ciudades concentran más del 70 % de las emisiones globales de gases de efecto invernadero, según ONU-Hábitat, la medición y gestión del carbono almacenado en espacios verdes urbanos se vuelve estratégica.

La evidencia es clara: cada árbol no solo aporta sombra o paisaje, sino que se convierte en un activo climático. Su protección y crecimiento sostenido podrían marcar una diferencia tangible en la lucha local contra el calentamiento global.

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